PASAR UNA NOCHE EN SHIRAKAWAGO POR SOFÍA PRADO

A  una hora y cuarto en bus desde Takayama. Tenía que tachar un deseo viajero de mi lista, dormir una noche en una milenaria granja de Shirakawago, el famoso pueblo perdido de los Alpes japoneses.Declarado patrimonio mundial de la humanidad desde 1995 es sin duda uno de los lugares más bellos de Japón. Atravesada por un río, la aldea tiene su encanto en cualquier época del año, ya sea en invierno con su paisaje navideño gracias a la nieve acumulada en los tejados puntiagudos de las granjas, los cerezos en primavera o los árboles color escarlata en otoño.

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La UNESCO reconoció el pueblo por ser “excepcional ejemplo de un asentamiento humano que se ha adaptado perfectamente a su entorno, así como a las circunstancias económicas y sociales de su gente”, y así lo es. En Japón se conoce esta zona bajo el concepto de Satoyama que hace referencia a una zona totalmente aislada del país de origen, ubicada entre montañas y áreas inhabitables, donde se mantienen pueblos vivos a través de actividades rurales.

Rodeado de montañas, Shirakawago habita en aquellas zonas desde el siglo VIII siendo en primera instancia como centro espiritual, más tarde durante el período Edo, sirvió al país con fabricas de papel artesanal hechas de hoja de mora y la producción de seda mediante la crianza de gusanos. Hoy en día con al menos 600 habitantes se debe al turismo aunque continua con los cultivos de arroz y la producción de seda.

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Cuando comenzamos a planear el viaje me obsesione con pasar una noche en este apartado pueblo. Por un lado me enloquecía que estábamos viajando en invierno, y poder dormir allí en esta época era como vivir parte de la historia. Pensar que años atrás en esta estación el pueblo quedaba totalmente apartado del resto del país, siendo este al final  su encanto en la historia nipona. Pero encontrar hospedaje aquí fue bastante difícil, ya que el desafió no se basaba en dormir en un hotel aledaño a la zona sino en una de sus famosas granjas gassho-zukuri.

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Por eso cuando caminábamos entre las paredes de hielo del pueblo en busca de la granja que nos hospedaría esa noche, no podía creerlo. Lo habíamos logrado. Esa especie de meta viajera que tenía de Japón se estaba haciendo realidad. Fue todo gracias a una empresa de turismo Japonesa que hacia el contacto con los dueños de las granjas. Actualmente 20 granjas sirven como hospedajes en la ciudad. Las familias milenarias que habitan el pueblo, aprovecharon la amplitud tradicional de estas casas para ofrecer cuartos pequeños a los aventurados huéspedes que querían descansar una noche allí y no hacer la típica excursión del día. Y como consejo viajero, vale la pena.

Las famosas gasso-zukuri son lo que le dan el encanto a este famoso condado. Se conoce a estas granjas gracias a su construcción “construcciones en forma de manos en oración”. El techo es similar a un triángulo equilátero lo que impide la acumulación de nieve en invierno. Ademas sus gruesos mantos de paja no permiten ingresar ni el frío ni el agua. Desde ya hace siglos estas famosas casas son muchos mas amplias que las rurales que acostumbramos ver en Japón. De hecho podían llegar a vivir hasta 50 personas. Motivos por los que hoy algunas continúan como Guest Houses. Tienen entre cuatro y cinco pisos siendo el último el destinado a la crianza de gusanos para la elaboración de la seda.

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Para encontrar la nuestra dimos al menos dos vueltas a la redonda, subimos y bajamos un empinado camino sin percibir que ya era la segunda vez que pasábamos por el camino de entrada. Por fuera parecía cerrada y el cartel que anunciaba cual era el nombre al parecer estaba en japonés. Fue después de cruzar un puentecillo de hielo cuando comprendimos que la entrada estaba del otro lado.  Precaria, pero muy limpia y fría se trataba de un pasillo largo con las famosas puertas corredizas que abrían distintas salas de huéspedes. No era más que un cuadrado con una mesita, una estufa que solo podía prenderse mientras estuvieras despierto y un futón el suelo. Me encantaba, muy a pesar del frío que pase esa noche. Las dos dueñas de casa poco hablaban inglés. Apenas pudieron marcar la hora en el reloj e informarnos cuando estaría la cena.

Aprovechamos que no había caído el sol y caminamos un poco por el pueblo, que más puedo decir de este lugar, pues era de cuentos. No me cansaba de fotografiar el valle, las montañas, la nieve, los niños jugando en ella. Tomamos un bus local que nos llevo a un mirador, el sol ya se ponía y algunas casas comenzaban a teñirse de rojizo. El frío era tajante, pero allí estaba, la postal más buscada. Casas de 300 años de antigüedad se mantenían intactas en un valle perdido en medio de los alpes. Era algo único.

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La cena estuvo lista las 17.30hs, con los últimos rayos de sol perdiendo en las montañas. Nos había dado tiempo para hacer un paseo ya cuando todos los turistas que solo iban a pasar el día se retiraban. El famoso silencio ya se palpitaba, todo tan tieso. Los caminos tan vacios. Los locales cerraban y veias como sus dueños comenzaban a prender algunas de las famosas luces Shirakawago mientras desmontaban las entradas cargadas de artesanías que poseían sus casas.

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Ya en nuestra granja la dueña de casa nos acomodo sentados en ronda a todos los que dormirìamos allí. Una pareja de japoneses, una familia y nosotros. Nos trajo pequeñas bandejas con arroz hirviendo, té verde y una mini hornalla de fuego donde se cocinaba una hoja.. Nose que que era esa hoja y obviamente era imposible preguntar, por lo que creo que entendí se trataba de una hoja de plátano que servia como base de cocción. Pero fue mi plato preferido de todo Japón. La carne se cocía lentamente con las verduras dentro de esa hoja que largaba una salsa con un sabor acaramelado impecable, tan exquisito que moje gran parte del arroz con la salsa que se desprendía de la hoja.

Luego de la cena nos aventuramos a salir. Nos había advertido un cartel que por la zona deambulaban osos, no era época, pero aún así las dueñas de la granja nos facilitaron dos linternas. La noche era clara como un espejo, cuantiosa cantidad de estrellas teñían el cielo. Las viejas granjas encendían sus ventanales de papel y parecía que viviésemos cuatrocientos años atrás. Caminamos entre las escurridas calles mientras observábamos una y otra vez el pueblo en silencio. Algunos, muy pocos, fotógrafos corrían de lado a lado con trípodes mientras que yo tenía que rebuscarme con lo que encontrase para fabricar uno y aunque sea poder retratar algo similar a la belleza que veía.

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Fue una noche fantástica, y le siguió un amanecer también de ensueños. Temprano a las 6 luego de haber tomado un desayuno preparado por las señoras japonesas dueñas de la granja, también pudimos ser parte de un amanecer entre montañas mientras paseábamos por todavía las calles vacías. Pequeños lagos congelados y casas teñidas de colorado, así nos despertaba esa mañana en el pueblo.

Como verán se trato de una excursión sencilla, pero de lo más bella, fue el poder vivir un poco de la historia de este milenario lugar que perdido en la montaña logro mantener su encanto por cientos y cientos de años. Y todavía está ahí, desprovisto de señal telefónica, desprovisto de televisión, desprovisto de todo lo que pensamos que esta en cada rincón de Japón y nos recuerda que todavía podemos ser parte de la historia.

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