PERDIDOS EN JAPÓN: SEGUNDA PARADA MATSUMOTO POR SOFÍA PRADO

Y seguimos viajando por los Alpes. Decidí hacer este relato en cuatro capítulos porque cada ciudad merece su cuartito de atención. Antes de viajar a Japón me di cuenta que había muy poca información sobre esta zona, de hecho son algunos pocos post los que recomiendan los trayectos a viajeros, por eso me pareció interesante contarles el camino paso a paso, quien sabe, inspiramos algún viaje que anda dando vueltas por ahí.

Habíamos dejado atras Yudanaka, en lo personal, creo que era uno de los días más fríos de mi vida, ni las dos camisetas, poleras, guantes, gorro, calzas podían sacarme el frío. Nuevamente agradecí a dios por haberles dado tanta inteligencia a los japoneses y crear asientos calefaccionados en el tren. En días así puede ser demasiado útil. Abandonamos la estación en un tren local que lamentablemente no era muy directo, sino que paraba en muchos pueblos de al rededor, pero viajando, cualquier trayecto es bello y ahora si con… las piernas calientes pude disfrutar del camino del tren entre montañas y ciudades mientras nevaba con fuerza y copos bien formados.

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Fotografía : Sofía Prado

Me contaron, no quiero decir cosas que no se, que estuve algo repetitiva con la cantidad de nieve que caía, a mi defensa, y además que vivo en una ciudad donde no hay nieve, ese paisaje era único y no podía parar de resaltarlo.

En fin luego de hacer combinación de trenes en Nagano, llegamos a Matsumoto. Rodeada de montañas es una de las puertas al parque Nacional Chubu-Sangaku (o parque de los Alpes Japoneses) también es conocida por la conservación de edificios históricos, ya que como ícono de la ciudad albergan uno de lo más grandes tesoros nacionales; el castillo de Matsumoto.

Llegamos al rededor de las 14hs, si bien era temprano, cuando el sol ya se pone a las 17hs, luego del mediodía comienza una carrera contra el reloj para aprovechar todos los vestigios de luz de día. Tomamos un taxi (grave error en Japón debido a sus costos) pero el ryokan estaba algo alejado de la ciudad. La vista era bellísima, pues a diferencia del centro, estábamos hospedados frente a un pequeño rio algo seco, donde la vista se disputaba entre casas típicas y puentes. A lo lejos veíamos las montañas, así que apresar de estar algo apartados, estábamos en un muy buen lugar si queríamos observar la naturaleza.

Ni que hablar de los dueños del Ryokan Seifuso. Aquel día estaba vació, éramos los únicos hospedados, así que pudimos pasarnos un buen rato hablándoles de nuestro país. De repente, los dueños de hoteles que conocíamos sacaban mapas gigantes y nos pedían marcar nuestra ciudad en el mapa, y ahí es cuando volvíamos a comprender que lejos habíamos llegado.

No habían dado las tres cuando la recepcionista se ofreció a llevarnos en su camioneta hasta el castillo. Pues si algo vimos que tienen los japoneses es una extrema amabilidad por quienes quieren conocer su país. Así que aprovechamos y salimos.

Continuaba nevando… Por si les interesaba saber. Y por el momento, seguía pareciéndome muy emocionante.

El castillo de Matsumoto es una reliquia de no menos de 400 años. Construido en 1504 se lleva el premio al palacio más antiguo de Japón.  Todavía conserva gran parte de su fachada original, los fosos, el muro de piedra y su torre la cual es considerada tesoro nacional.

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Fotografía : Sofía Prado

Fue gobernado por distintos señores feudales hasta la restauración Meiji donde casi deciden demolerlo. Una particular anécdota de este castillo es que fue siempre rescatado por los habitantes de la ciudad de Matsumoto. En una primera instancia sucedió allí por el 1866 cuando quisieron deshacerse de todos lo edificios asociados con el Shogunato, pero el pueblo se enfrentó y pudieron conservarlo.

En una segunda instancia, luego de haber vivido ya unos 300 años, el castillo comenzó a inclinarse pues su zona de construcción reside en un área pantanosa que genero un gran declive del mismo. Fue entonces al rededor del 1900 cuando nuevamente el pueblo propuso rescatarlo con planes de reforma a través de fondos recaudados por ellos mismos.

Aunque parezca una visita rápida y sencilla para mi vale mucho la pena su entrada, más aún si eres un viajero que ya pudo visualizar algún otro castillo o palacio del mundo, ya que este estilo arquitectónico es completamente distinto a todo lo conocido. Se trata básicamente de seis plantas sobre un muro de piedra. Si miran fijamente no van a encontrar estas seis plantas en la torre principal como estoy mencionando, esta es una de las grandes características de este establecimiento. Así como fue construido en épocas donde la guerra civil estaba latente en Japón, la construcción conlleva un dejo militar en la fachada, pues uno de los pisos de la torre esta oculta y es donde se guardaban las armas en caso de necesitar un ataque.

Como toda edificación de nipona contaba con sus ventanas a la luna, algo que particularmente me llamo la atención por su contenido simbólico y romántico de las construcciones que no asociaba para nada con el perfil de un japonés. Se trata sencillamente de ventanas con vistas al universo.

El recorrido duro una media hora, pudimos visitar cada planta, bajar y subir por sus estrechas escaleras, observar  las hermosas vistas a los Alpes y ojear un poco del museo de armería donde todavía conservan gran equipo militar de los samuráis.

Para cuando salimos ya casi cerraba, y claro…Nevaba. El sol ya se había puesto y las luces que bordeaban el castillo comenzaban a prenderse, una verdadera postal de la ciudad.

No lejos del castillo dimos con el callejón Nakamachi-dori donde desfilaban una hilera de casas y restaurantes arcaicos. Con su fachada color blanca intentan mantener las antiguas características del pueblo haciendo alusión a un área comercial. Probamos algunos bocados locales, pero evidentemente el temporal de nieve había alejado a muchos vendedores.

Por si continúan interesados, para mi gran emoción por ver nieve… Continuaba cayendo gruesos y espeso copos.

Pero no eran ni las cinco y  media de la tarde cuando nos venció nuevamente ese sueño arrollador de la noche anterior debido al cambio de horario y el cielo se oscureció tal cual sucede a media noche. Caminamos en circulo por un grupo de tabernas, teníamos nuevamente miedo a dar con un lugar equivocado, después de todo, en el interior de Japón es raro encontrar algún cartel en inglés. Finalmente juntando el valor apropiado dimos con una pequeña puerta iluminada que termino siendo una nueva cantina nipona. Sin entender una palabra y siendo observados por los viejos de traje que charlaban sobre la barra de este cálido lugar nos dispusimos a relajarnos tomándonos una cerveza y disfrutando de un coctel de calamar.

Esta vez no voy a terminar el relato en la cena, pues… continuaba nevando, ahora ya no me estaba gustando tanto la combinación de nieve, frío y temperatura negativa. Casi que ni podíamos caminar de los titiritares mientras que si aparecía alguna japonesa caminaba con vestido y botas como si fuera una brisa veraniega. No pudimos ni esperar el colectivo, casi con señas y repitiendo a lo extranjero extraviado el nombre del Ryokan conseguimos que un taxista arruinara nuestro presupuesto nuevamente pero nos llevará a casa calentitos luego de un día en que la nieve japonesa tiño todas nuestras fotos con su encanto estacional.

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