MARINOS PESQUEROS DE BUENOS AIRES POR SOFIA PRADO

La idea de fotografiar marinos de barcos pesqueros me ha fascinado desde siempre. No sabría decir si es por mi devoción al mar, por qué admiro aquellos trabajos de fuerza y destreza donde cada día es una aventura, o simplemente me influía el hecho de haber nacido en una familia de pescadores.

La realidad es que llevaba la idea en la cabeza desde que empecé a sacar fotos.

Pero, aunque parezca sencillo, no es tan fácil llegar allí, más aun siendo mujer.   No tienen idea la cantidad de supersticiones que aún se tiene sobre las mujeres arriba de los barcos. Sin embargo, buenos colegas hicieron que esta aventura se hiciera posible, más allá de toda superstición.   Aun así estaba subiendo a las barcas un viernes 13 y bajo un cielo amenazantemente tormentoso.

Eran alrededor de las 8 AM, el prefecto Nuñez me esperaba en la puerta del edificio Guardacostas, sede de la prefectura en Mar Del Plata. Cabe resaltar que no podía haber tenido mejor anfitrión, por las venas de aquel misionero corrían las inquietudes de un periodista nato que ansiaba tanto como yo conocer de cerca la historia de aquellos marinos.

Y así entonces partimos hacia el muelle Nª 8, lugar de descarga y punto de partida hacia el mar de los barcos costeros artesanales. Hacía bastante frío, este año en Argentina la primavera comenzó algo destemplada, así que pueden imaginarse que cerca del mar y mojados, no era un clima propicio para trabajar. Pero ahí estábamos, observándolos ávidos de capturar imágenes e historias, como llegaban los marinos del buque Estrellita los que después de tres días en el mar desembarcaban kilos de pescado variado para entregar al mejor postor.

“Hace 30 años que este barco esta en mi familia, mi abuelo pescaba, mi papa pescaba y yo sigo haciendo lo mismo. No quiero pertenecer a ninguna empresa, me gusta salir pescar en libertad y luego vendo al que mejor me ofrezca” Contaba el dueño de aquella embarcación, mientras nos invitaba a subir con cuidado por las resbaladizas maderas de la proa.

Mientras tanto el camión de descarga se avecinaba con una grúa especial para tomar los cajones de pescado que Roberto dirigía desde la salida del almacén del barco. Había al menos unos 30 kilos de especies variadas, actualmente estaban en una buena época, incluso hacía unas semanas que hallaban cerca de la costa un crecimiento de la pesca, de tal forma que no hacía falta que completen los días estipulados, pues mucho antes que se venciera el permiso ya habían hecho la cantidad pautada.

Jocosos, felices de volver a casa, los marinos vaciaban el depósito mientras desenredaban una red cubierta de nudos con peces pequeños atravesados, era muy gracioso verlos como peleaban por ser quien dirigía la grúa desde la escotilla que sobresalía de la cubierta. Los más viejos se dedicaban a las redes, ya sentados sobre los cajones vacíos dejaban todo en orden para cuando tuvieran que volver a partir. Me agrado ver el cuidado que le proporcionan a los elementos de trabajo y la limpieza. Es un barco pequeño con más tachos y bolsas de residuos que gente en el interior.

La danza continuaba, y no tardó en aparecer la figura responsable por controlar la sobrepesca del ministerio de agricultura, ganadería y pesca. Pero sin ningún tipo de prejuicios esta embarcación se encontraba de lo más divertida. Había sido un buen día de pesca, y ya sin importar cuan empapados el final del día podía dejarlos, habían vuelto a casa con las redes llenas y eso se sentía.

Una historia muy diferente era para los que partían aquel día de tormenta, por el momento nadie había puesto bandera roja, por lo que el clima pretendía ser pasajero, cosa que finalmente lo fue. Las dos embarcaciones que visité después tenían historias muy diferentes.

Por un lado un buque viejo llamo mi atención, se trataba de una tripulación algo arcaica con personajes tal cual había imaginado. Personas de entre sesenta y setenta años que partían aquella tarde y sin importar el aumento de los gotones, se refugiaban bajo los techos de una construcción sin terminar del muelle, para desenredar las redes (cabe resaltar que la cantidad de sogas con los colores de Aldosivi son inimaginables, una muy buena idea de merchandising para este club marplatense).

Se quejaban de los lobos, de repente me asome por estribor y estaba repleto de lobos marinos que esperaban que se les arroje las sobras de pescado o simplemente jugarán con ellos a los baldazos de agua fría. Luego las quejas continuaban sobre los permisos, al parecer no terminaban de completar la infinita cantidad de permisos que se les pedía, los tiempos habían cambiado al parecer.

Finalmente nuestra última embarcación ya trabajaba sobre la inminente lluvia de esta mañana que parecían solo enfriar más el clima. Gente grande, gente joven, todos sonrientes y envueltos en sus capas se preparaban para emprender la marcha. Levantaban redes, encendían motores, aparejaban sogas, acumulaban cajones, y obvio fumaban cigarros. En mi vida vi tantos hombres fumando cigarros como en mi visita a los buques. Sonreían amablemente a las fotos, era difícil pedirles que no se sintieran invadidos con la presencia de una cámara, pero al cabo de un rato la fuerza de los labores superaba cualquier atención.

Realmente quede impactada con esta visita, no solo por la cantidad de gente que trabaja en el rubro, sino por el esfuerzo que el mismo requiere, la dedicación, la atención y el esmero que merece.

Argentina no es tan conocida por su actividad comercial pesquera, sin embargo puertos como el de Mar del plata, Puerto Madryn, Puerto Deseado, Comodoro Rivadavía, son establecimientos de muchísimo trabajo, y sobre todo, de muchísima motivación a la hora de emprender una tarea.

En una época donde estamos perdiendo cierto apreció por el trabajo y nos conformamos con un buen sueldo y el cumplimiento de horas exactas a las firmadas por el contrato. En una época donde solamente vamos a trabajar donde muchos algunas veces trabajaron, retrotraernos a estos trabajos milenarios es un ejemplo de admiración y sacrificio. Y no estoy hablando solamente los marinos pesqueros y su tambaleante trabajo en el mar tanto como en la tierra, pues todo el universo que rodea esta actividad también es un ejemplo.

La prefectura cuenta con una sala de radios donde 24hs al día hay gente prestando servicio al puerto, sin contar el buque guardacostas que vive para la patrulla y los rescates marítimos, hay historias fascinantes donde hasta el guardacostas casi se queda sin suministros por llevar la búsqueda unos días más de lo establecido. Por otro lados los serenos, los jóvenes dueños de los 30 barcos de altura que tuve suerte de conocer, quienes no tenían porque pero estaban allí, visitando sus buques haciendo un inventario para mejorar la comodidad de su gente. Los operadores, la vigilancia, y por sobre todo, el motivo de esta nota, los marinos: la gente del mar.

“Hay gente que trabaja acá que tiene más de setenta años, con al menos cincuenta años en los barcos. ¿Vos me preguntas si lo hacen por necesidad? Yo creo que no, esta gente vuelve a casa cada vez que su barco parte, sin ir más lejos, los ves hoy, con la frente en alto, sed de una buena pesca y sin importar que se están embarcando un viernes trece” Dijo jocoso uno de los dueños de una embarcación que despedíamos, y a mí, esa frase, me basto para cerrar un glorioso día.

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© Sofía Prado
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© Sofía Prado

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Sobre el autor

Sofía, tiene 23 años y vive en Buenos Aires, Argentina.

Hace un año termino sus estudios universitarios por lo que se podría decir que es licenciada en publicidad y pues bien, vive de eso en una empresa familiar donde lleva el puesto de gerente de marketing. Sin embargo, a veces siente que es mucho más buena en lo que no tiene títulos que lo demuestren. Estudia fotografía ya hace algunos años, siempre en cursos complementarios y además es una experta organizadora de viajes. Sobre todo de viajes Low cost. Ha viajado a más de 24 países y lo que es mejor los lleva fotografiados. Sus grandes anhelos siempre radican en fotografiar culturas. Si, culturas de países, su gente, rostros, retratos ambientados, labores, acciones, la vida misma de la gente. Tiene una fuerte obsesión por retratar la diversidad de la humanidad en lo más recóndito del mundo, pues nada la apasiona más que conocer y poder ser parte de la versatilidad que tiene este mundo.

Sueña con poder compartir sus historias y sus fotos, pero sobre todo, sueña con poder seguir encontrando lugares y personas que quieran compartir sus historias, pues todavía le queda mucho más por curiosear.

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