UNA NOCHE EN EL DESIERTO, POR SOFIA PRADO

Una de las cosas más exóticas que hice en mi vida fue pasar una noche en el desierto de Merzouga, pero no cualquier noche, una noche de tormenta, y les juro, puede ser muy diferente.

Antes que nada, todos imaginamos el desierto bueno seco, soleado, al menos yo iba preparada con mi cámara Nikon, lente 70-300 y hasta anotaciones en un cuaderno para tomar las fotos del cielo nocturno más impactantes de mi vida. De hecho, había cargado un pesado trípode todo el viaje para llegar al pueblo de Rissani y encontrar… lluvía!

-No llueve hace meses, fue una de las tormentas más grandes que tuvimos- Nos dice el quinto Mohamed guía que conocimos mientras maneja una vieja ranger y se mete en las callejuelas del pueblo. La gente caminaba por la ciudad mientras abarrotaban las calles disfrutando de lo que parecía al fin un día frío de domingo.

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© Sofía Prado

Rissani es lo que muchos llaman una de las puertas al desierto, en el todavía hay hoteles bastante lujoso donde parar y salen excursiones para perderse entre las dunas que dan al impetuoso desierto de Merzouga. Mientras avanzamos por la nada, Mohamed nos señala una cordillera a lo lejos y presiona su puño contra el pecho lamentándose.

-¿Ven eso? Es el límite con Nigeria. Muchísimos nigerianos quieren cruzar la frontera y acaban muertos en el desierto. Hace poco encontramos unos niños muy pequeños con su madre. Una tristeza. Para ellos las cosas están difíciles y les es imposible conseguir un permiso para salir. Los que lo logran son los que violan la seguridad de la frontera, pero aun así, sobrevivir al desierto es peor que aferrarse a la esperanza de vivir en su país- Un silencio carcome a mi grupo de viaje, sentías como la vida en tierras tan lejanas se convierte en la vida que imaginamos en la época medieval.

Durante el camino, las nubes abarrotaron el cielo, era imposible sacar fotos, y créanme, para una persona que saco alrededor de diez mil fotos en un viaje, para resignarse a tomar una foto tiene que ser una situación extrema, así que les tendré que describir el panorama. Anochecía, el cielo era una mezcla de azules combinados con grises que resaltaban el color del suelo que al fin se mojaba. No había nada, ni nadie, tal vez un loco vestido con la chilaba que viajaba en bicicleta sin rumbo, Mohamed ríe, vaya a saber a dónde iba o de donde venía, aquí todo parece fascinante.

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© Sofía Prado

-Vamos a saltar un poco- comenta entre risas mientras sube y baja los médanos –Al parecer muchas excursiones han vuelto al pueblo por la tormenta, son los únicos aventurados en ir cuando todos regresan- Nosotros reímos –Por la suerte- finaliza besando mi mano – Por la suerte Sofía- dice acentuando la i cómicamente mientras los relámpagos y rayos rompen el cielo.

De pronto, a lo lejos, una construcción, al igual que el color de la tierra el edificio se alza y confunde si se trata de una nueva duna o una verdadera choza hecha de adobe y techos de teja y sabanas. –Su refugio! – grita Mohamed – Aquel es el refugio-

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© Sofía Prado

No nos podíamos quejar, era un precioso oasis del desierto de techos de teja y de suelo de alfombra, algo único. A lo lejos, mientras el cielo oscurecía para darle vida al tormentoso ocaso te sentías un verdadero insecto en medio de un mundo tan gigante, tan versátil. Respirar ahí, era respirar realmente otra era.

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© Sofía Prado

Bajamos del auto, nos esperaba un aren de al menos 8 berberés del desierto, si, éramos dos mujeres, en un refugio vacío y lleno de hombres del desierto. A pesar de sentirnos halagadas con su atención y su alegría al ser las primeras y únicas huéspedes de esa noche de tormenta, no podíamos negarlo, teníamos algo de miedo.

Las carpas estaban mojadas, les quedaba un cuarto hecho de barro en una especie de cuarto que ellos utilizaban. Los truenos a lo lejos se mezclaban con algo de sol del ocaso, con suerte tal vez podría ver las estrellas. Nos llevaron y con sus pocas palabras en español nos dijeron “Les prepararemos una cena en media hora”, increíble, estar ahí era un sueño, después de visitar tantos hoteles, que un grupo de personas te cocine para agasajarte es una verdadera dicha.

Alrededor de las 21hs, el frío era abrupto, pero un gran comedor lleno de almohadones nos esperaba con ollas de todo tipo de comidas, tagines de carne picante, panes de sésamo, y obvio el infaltable cuscús. Nuestro anfitrión Jasham no dudo en sentarse con nosotras para practicar el idioma, fue realmente una de las mejores cenas de nuestra vida, al lado de una especie de hogar a leña, gatos por doquier (y eso no es muy feliz para mi este detalle, pues soy alérgica) y música árabe.

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© Sofía Prado

La aventura vino por la noche, alrededor de las 4.30hs nos esperaba una caravana de dromedarios para ver el amanecer entre las dunas. Así que ya a las 10 estábamos en las camas. Yo dormía sola, en el cuarto de arriba, pegado a lo era una especie de terraza. No sentí ningún temor hasta que alrededor de las que 2hs comienzo a sentir un frío seco, una bocanada de aire sobre mis mejillas. Las ventanas se habían abierto debido a la inmensidad del viento, una ráfaga del desierto como las llaman ahí. Me apuro, me acerco a la ventana, prendo la luz para verificar si había colocado la traba y… no había luz. Respiro, tranquila, debe ser por la tormenta, la trabo lentamente y me vuelvo a la cama. Mis ojos se hallaban abiertos de par en par, mientras más pensaba en que estábamos solas más insomnio… pronto, comienzo a sentir un ruido extraño, desde afuera se oían especies de rugidos, pero extraños, he pasado dos noches en el kruger y jamás había oído algo como eso.

-Deben ser camellos no?- Me grita mi compañera de viaje desde el piso de abajo, también la habían despertado

-¿Camellos?- repito, una noche de tormenta, tan cerca del refugio, faltaban horas para la caravana. Vuelvo a respirar, convencerme era lo mejor que podía hacer.

-¿Cerraste la terraza?- me grita mi compañera.

-Claro- me convenzo, el frío se había vuelto complicado, no podía ni acercarme a la puerta trasera, pero lo intento. Sin luz, paso por el baño… sin agua. Bien, tal vez eso pasa en las noches del desierto, después de todo no estaba en Roma, solamente lo que me sorprendía era que de repente dejase todo de funcionar.

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© Sofía Prado

Vuelvo a mi cama, cierro los ojos, ya está, era solo la tormenta, nadie está queriendo entrar al cuarto, era solo mi mente. De repente, cuando mis ojos al fin estaban conciliando el sueño nuevamente, mi valija y mochila caen, del medio de la cama de enfrente, todo lo que tenía cae al suelo. El miedo me paralizo, era imposible que se caigan sin un empujón!! Sin luz, ni agua, ni valentía, bajo las escaleras hasta el cuarto de mi compañera y me acomodo a su lado, casi sin espacio en la cama y asfixiándonos de calor. No voy a pasar el resto de la noche sola, ella ríe y protesta, pero yo realmente lo necesitaba.

El día siguiente todo pareció un chiste, los bereberes nos prepararon un exquisito desayuno con pan caliente y mermeladas, la caravana de dromedarios estaba allí para llevarnos entre uno de los desiertos más bellos de la tierra a ver un amanecer tormentoso, pero bello en fin. La gente parecía más amable que de costumbre, sonrientes, durante el trayecto nos cruzamos con quienes se dirigían al pueblo, o quienes rezaban en las dunas, un verdadero espectáculo.

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© Sofía Prado

El sol se abrió entre la tormenta, el frío se volvió más dócil, el color de los médanos se tiño de dorado… realmente vale la pena vivir algo así. Realmente vale la pena darse una vuelta por el pasado, sentir el aroma de la arena, viajar como se empezó a viajar, sentirse pequeño, sentirse ínfimo, insignificante. Porque después de todo esto tienen estas aventuras, nos dejan historias y hacen historias que cambian tu forma de mirar, de recordar, pues hoy sentada en mi oficina cierro los ojos y pienso que recién se están levantando mis amigos del desierto y con suerte les llega un poco de lluvia o una linda tormenta para asustar a sus turistas.

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© Sofía Prado

Sobre el autor

Sofía, tiene 23 años y vive en Buenos Aires, Argentina.

Hace un año termino sus estudios universitarios por lo que se podría decir que es licenciada en publicidad y pues bien, vive de eso en una empresa familiar donde lleva el puesto de gerente de marketing. Sin embargo, a veces siente que es mucho más buena en lo que no tiene títulos que lo demuestren. Estudia fotografía ya hace algunos años, siempre en cursos complementarios y además es una experta organizadora de viajes. Sobre todo de viajes Low cost. Ha viajado a más de 24 países y lo que es mejor los lleva fotografiados. Sus grandes anhelos siempre radican en fotografiar culturas. Si, culturas de países, su gente, rostros, retratos ambientados, labores, acciones, la vida misma de la gente. Tiene una fuerte obsesión por retratar la diversidad de la humanidad en lo más recóndito del mundo, pues nada la apasiona más que conocer y poder ser parte de la versatilidad que tiene este mundo.

Sueña con poder compartir sus historias y sus fotos, pero sobre todo, sueña con poder seguir encontrando lugares y personas que quieran compartir sus historias, pues todavía le queda mucho más por curiosear.

 

4 comentarios en “VIAJE A TRAVES DEL TIEMPO, POR SOFIA PRADO”

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