VIAJE A TRAVES DEL TIEMPO, POR SOFIA PRADO

Se dice que volver años atrás es imposible. Genios como Emmett Brown y el viajero del tiempo de Herbert George Well han intentado que la humanidad regrese siglos atrás a través de la fantasía. Sin embargo, hay quienes aún desean sentirlo, hacer el viaje por uno mismo.

Tal vez, viajar en el tiempo, así como viajar a la luna, es el desafió que todo trotamundo espera algún día poder realizar. Y yo, soy una de ellos.

Para que me conozcan, no soy un genio en las matemáticas. Soy una chica que se debe a las artes, la lectura y un poco a la geografía. Pensé entonces, que tal vez los números solo podían servir de guía, una punta para comenzar. Entonces relacione, el 1500 aún sigue vivo, apenas se ha celebrado el 1 de Noviembre el año 1437 en el calendario Musulmán, por lo que ahora, volver aquel entonces era solo una cuestión geográfica y de lectura.

Y así llegamos, a este país, donde se siente, se vive, y estila el mundo antiguo.

El viaje comienza sobre el alto Atlas, donde la población suele ser toda Beberé. Muchos de ellos son aún nómades. Pues sí, todavía quedan tribus con ese estilo de vida perdidos en las montañas y el desierto, y lo mejor de todo es que todavía podemos encontrarlos, aunque es una cuestión de suerte.

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© Sofía Prado

La clave está en prestar atención a los lagos, pues es el principal sector de suministros nos había dicho nuestro guía Mohamed y allí estaban, luego de dos días de andar se pudo ver una familia en marcha, cerca de las gargantas de Todra, luego de haberse provisto de agua en la pequeña laguna que se forma en el ocaso de las montañas.

Muchos de estos Beberé no entienden ni siquiera el idioma nacional de Marruecos, árabe clásico. Lo cual vuelve su existencia mucho más fascinante.

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© Sofía Prado

Guías expertos deben aprender ambos idiomas si pretenden relacionarse con la gente de la montaña y del desierto. Y suelen ser solo los locales los que logran entender aquellos jeroglíficos antiguos imposibles de entender. Una mujer de aquellas caminantes ni siquiera sabía el significado de la palabra “árabe”.

Continuamos por el zigzagueante camino de montañas hasta dar con las zonas llanas de este increíble país. No repara en este caso cuan cerca estés de una ciudad grande o no. Cada rincón de Marruecos parece estar muy lejos de lo que habitualmente conocemos. De repente se cruzan pastores con rebaños de ovejas vestidos en sus capas de abrigo y convierten el paisaje en un viejo cuento medieval. Prácticamente olvidas que viajas en una camioneta y tu mente te lleva a pensar que te paseas en uno de esos carros tirados por mula que circulan por las autopistas cual 4×4.

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© Sofía Prado

Mohamed reía cada vez que nos encontrábamos con uno de ellos y con su español turístico nos hacía siempre el mismo chiste  “4×4 marroqui. Cuatro patas, un carro”

Como les había adelantado antes, ingresar a una gran ciudad no te vuelve a la actualidad, pues si esperas encontrarte con edificios y oficinas ya puedes ir olvidando que será parte del paisaje. Desde sus puertas de bienvenida hasta la construcción de sus callejones como laberintos sinuosos que pocas veces delimitan el inicio de un edificio y el fin del otro hasta los aromas entremezclados de especias que jamás has oído nombrar.

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© Sofía Prado

De repente ingresamos a una vieja medina, una ciudad amurallada donde vivir y comercializar es parte del día a día. Un paso dentro y ya estás perdido, de repente una muchedumbre te consume y si no sabes el camino pues simplemente haces el recorrido que te permiten o que los vendedores te van guiando. Donde mires hay un puesto, desde artesanía hasta pollos vivos, panaderos horneando el pan en huecos de adobe que alguna vez fueron casas y si tienes suerte podrás dar con algún viejo anticuario donde las reliquias que allí guardan superan tu imaginación.

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© Sofía Prado

Los personajes de las medinas que más acaparan la atención son los domadores de alimañas, por un momento es como si las películas que nos hablaban del lejano oriente se vuelven reales al ver como dos lugareños juegan con serpientes al ritmo de la música.

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© Sofía Prado

De repente se escuchan gritos y campanas, si no estás atento algún cascarrabias puede retarte, se trata del paso del burro que vende garrafas para las casas que habitan en el corazón de la medina, allí donde las casas se encuentran en pasillos oscuros que apenas entra sol por huecos de puentes que vaya a saber uno donde lo llevan. Si observas detenidamente un puesto ya no puedes rechazar la invitación de sus dueños a entrar. Sin ofenderse si deseas no comprar comienzan a sacar su mejor mercancía para exponer mientras te sientan en un cómodo cojín y te ofrecen té de menta. Muchas veces es casi irresistible adquirir alguno de esos milenarios productos que los marroquíes aún labran a mano.

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© Sofía Prado

Entremezclados con los nativos encuentras refugiados que intentan camuflarse, se trata de colegas del país vecino de Argelia. Cada año incrementa la cantidad de argelinos muertos en el desierto de Merzouga, ya que intentan escapar hacia un nuevo futuro en unos pocos kilómetros que separan un país de otro por entre las dunas. Sin embargo, aunque el camino es relativamente cerca, al poseer las fronteras cerradas y dejar su suerte librada al arenal despoblado de Merzouga, son muy pocos los que logran erradicarse con vida en las viejas medinas del país.

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© Sofía Prado

Por distraernos con los Argelinos el tumulto nos arrastró a un riad, intacta desde hace muchísimos años. Por fuera una vieja puerta de madera, por dentro un palacio de lo más lujoso y bello con finos decorados de cerámica y hasta fuentes de agua dulce para refrescarse con el calor.

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© Sofía Prado

“Aquí aún se conserva la belleza en el interior. Tanto como en las casa como en nuestras mujeres. Por fuera es una ordinaria puerta, más por dentro encontraran tus ojos la hermosura” Nos dijo cual mago de Disney un ferviente trabajador de aquel riad.

Y la verdad es que no mentían, años y años de conservar aquella ideología hacían que aun así las mujeres lucieran cubiertas con túnicas hasta el piso, los cabellos totalmente ocultos bajo chales de colores y algunas, las más tradicionales, con casi todo su rostro cubierto. Por otro lado, las casas aún llevaban sus baños fuera, considerando que los malos olores traen malos augurios y no pueden mezclarse con lo bello y lo sagrado que el interior de una casa significa.

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© Sofía Prado

Tras caer la tarde, las calles comienzan a silenciarse. Es muy difícil ya encontrar mujeres haciendo compras o trabajando. Ocupadas por tener felices a sus hombres las mujeres marroquíes ya se encuentran en casa disputándose las labores. Pues un hombre en este país tiene permitido tener hasta tres esposas y ellas harán lo que sea por ser la favorita. De allí nacen las excelentes diseñadoras de tapices, o las increíbles cocineras que lo que buscan es ser las predilectas de sus maridos. Sin embargo a esta hora por las calles los hombres dan otro espectáculo, sentados en bares con amigos o socios disputando o compartiendo una buena charla, se los ve tiesos mientras toman de un sacudón una bebida de un pequeño recipiente cual vaso de tequila o vodka. Me pregunte que era, pues el alcohol está más bien prohibido para todos los musulmanes, por lo que me sorprendía escuchar que se tratase de un tal Whisky Marroquí. Sin embargo, si eres curioso de pedir uno, volverás a encontrarte con un buen vaso de té de menta tibio y gustoso de aquellos que solo te sirven en un bar marroquí.

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© Sofía Prado

Al dar las seis de la tarde, las calles se musicalizan con el canto de la mezquita llamando a sus súbditos, el sonido se infunde en cada rincón de la ciudad o mejor dicho del país. Sin importar que tan adentrado estés a las kasbah o alejado que estés en el desierto, siempre el llamado de Alá se puede escuchar desde una gran o pequeña casa de rezo.

Los que no pueden asistir a una pueden dejar sus labores y rezar donde se encuentren, por lo que no era raro encontrar gente en los caminos arrodillados murmurando sus oraciones diarias o multitudes caminando hacia las mezquitas cercanas. El rezo se hacía tres veces al día, seis de la mañana, tres de la tarde y por últimos a las seis, quien no pudiese asistir a ninguna, por la noche se vería obligado de realizar sus rezos antes de dormir.

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© Sofía Prado

Finalmente la luna se alza sobre nosotros que continuábamos rumbo a los pueblos aledaños a Merzouga. Los turbantes azules nos hacían referencia a la zona donde estábamos llegando, y esta vez se trataba de la tierra de los Bereberes del desierto. Pues según sus pañoletas uno puede distinguir a que parte de Marruecos pertenecen los lugareños.

Grandes emociones nos esperaban todavía en este nuevo paraje, pues lo que siempre tuvieron de malo los viajes en el tiempo, es que siempre a sus personajes les cuesta volver a la actualidad.

Sobre el autor

Sofía, tiene 23 años y vive en Buenos Aires, Argentina.

Hace un año termino sus estudios universitarios por lo que se podría decir que es licenciada en publicidad y pues bien, vive de eso en una empresa familiar donde lleva el puesto de gerente de marketing. Sin embargo, a veces siente que es mucho más buena en lo que no tiene títulos que lo demuestren. Estudia fotografía ya hace algunos años, siempre en cursos complementarios y además es una experta organizadora de viajes. Sobre todo de viajes Low cost. Ha viajado a más de 24 países y lo que es mejor los lleva fotografiados. Sus grandes anhelos siempre radican en fotografiar culturas. Si, culturas de países, su gente, rostros, retratos ambientados, labores, acciones, la vida misma de la gente. Tiene una fuerte obsesión por retratar la diversidad de la humanidad en lo más recóndito del mundo, pues nada la apasiona más que conocer y poder ser parte de la versatilidad que tiene este mundo.

Sueña con poder compartir sus historias y sus fotos, pero sobre todo, sueña con poder seguir encontrando lugares y personas que quieran compartir sus historias, pues todavía le queda mucho más por curiosear.

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